miércoles, 13 de julio de 2011


Muchas las ocasiones en las que ha contemplado su rostro, nada en particular lo impulsa, como un acto reflejo siempre desvía su mirada hacia ella, no puede evitarlo. Desde el primer momento en el que se vieron quedó maravillado, obnubilado por tal flagrante belleza, un rostro radiante, como muchas veces había imaginado, con el que soñaba, con el que se desvelaba. Como hubiera deseado poder verlo de nuevo, poder deleitarse con su hermosura, con su exótica beldad, pero esos no eran más que días olvidados en un diario en el que no se le mencionaba. Su musa, su amor, se había marchado, ya no quedaba nada de ella, no más que ese recuerdo. Cómo hubiera querido borrar ese rostro de su mente, que hacía insufrible su consciencia y del que era incapaz de eludirse, cómo hubiera querido estrecharla entre sus brazos una vez más y dejar que su aroma impregnara su ser. No eran más que deseos, sabía que todo había acabado ya, ahora no era más que una víctima de una insufrible tortura a la que lo habían condenado los dioses. Muchos crepúsculos se habían sucedido tras ese “Ya no siento lo mismo”.

Había pasado tanto desde ese día,  tanto había ocurrido desde que se fundieron en aquel beso. De lo que en su tiempo fue una relación colmada de amor solo quedaban vestigios, una señal de humo perdida en el viento. Ahora todo se había esfumado. Junto a él solo había permanecido el miedo y el resentimiento porque hasta ella… Hasta ella se había marchado. Añoraba una época en la que quería y era querido, en la que su principal preocupación era si le había dicho “te quiero” lo suficiente, cuando las dudas aún no habían asomado, cuando estaba feliz. Ahora no tenía esperanza, era un cascarón que daba albergue a la tristeza y descuartizaba cualquier atisbo de felicidad que pudiera alzarse. Era un ser desgraciado e infeliz, incapaz de contemplar con gozo las maravillas del mundo. Ya había perdido su oportunidad. Aquella tarde había perdido más que eso, había perdido sus ganas de vivir.

Item N#87675


El sentido de la vida… La pregunta del millón. “Tiene el sentido que tú le das”, “crea tu propio camino”, “vive para el hoy”, “alégrate de estar vivo”. Ojalá pudiera alegrarme de estar vivo,  ojalá pudiera poseer la visión de los moribundos, su acérrimo amor a la existencia y el profundo deseo de contemplar un amanecer una vez más, pero te diré lo que realmente anhelo; deseo despertarme cada día junto a ella, que me sorprenda la mañana en una cama que no es la mía, en un lugar que no reconozco de un país del que nunca he escuchado, quiero la aventura de preguntarme a dónde iré mañana, el placer de poder enfrentarme a lo desconocido y de nunca fijar una rutina, el apetito voraz por lo que está aún por descubrir. No quiero ser ese hombre que haga historia, ese que maraville a los demás, ese al que todos admiren, solo anhelo  ser ese hombre que disfrute de la vida, que de verdad lo haga, que se deleite con cada bocanada de aire y que carezca de esos obstáculos fijados por esas personas que solo desean coartar su libertad. Quiero ser ese hombre que nunca cejará en su empeño de vivir, que nunca se dará por vencido, que se sentirá complacido de haber conseguido superar otro día, que haya visitado los rincones más inhóspitos del globo y que fije su itinerario al despuntar el alba, que no tema vivir, un salvaje, como muchos dirían. Quiero ser ese hombre… Ese hombre libre como ninguno.